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la carta del guerrero...

"Mi querida Rebelde:
Eres sensible —demasiado sensible, si aquí se pudiera aplicar el término “demasiado”— y eso te da un Mundo Interior mucho más vasto, intenso y valioso... pero, también, te hace vulnerable, ya que quien más puede sentir (y dar) es, al mismo tiempo, quien mas puede sufrir al abrirse y verse herido por aquellos a quienes ofrece su Amor.
Créeme que lo sé muy bien...
Te has visto herida y defraudada una y otra vez, no logrando hallar un Amor que te llene, ni un Hombre capaz de protegerte, con lo que has llegado al punto de desconfiar de todo y de todos, terminando por endurecerte —mas en apariencia que en la realidad— y disfrazarte de fiera entre las fieras, ocultando tu soledad en la violencia del combate contra quienes no lograban llenar tu vacío interior.
Eres una Mujer dulce —y frágil— bajo la pesada armadura que te da la apariencia de un fiero guerrero, y te encuentras en medio del Campo de Batalla... y la misma armadura que llevas —por su peso y rigidez— fatiga tus músculos y lastima lo delicado de tu piel, que no se hizo para el combate... sino para las caricias.
Para tu desgracia, tu “solución” te ha forzado a combatir contra quienes se acercaban a ti por uno u otro motivo y —en tu patético afán de “probarlos”— has luchado con tal fiereza... que ahora te encuentras rodeada de cadáveres.
Quieres —desesperadamente— hallar a alguien más fuerte que tú... alguien capaz de protegerte y permitirte ser todo lo mujer que eres, pero, al luchar, has visto como iban cayendo tus oponentes uno tras otro, a pesar de lo impresionante de sus pulidas armaduras.

Por eso, ahora te encuentras desconcertada al enfrentarme, pues yo —a pesar de estar en medio de la Batalla— no uso armadura alguna y no desenvaino ante ti... porque —a través de las rendijas de tu yelmo— he sabido adivinar la belleza de la mujer que esconde.
Y tú, embriagada de sangre y enfurecida por la inclemencia de tu posición y el doloroso fracaso de tus repetidas “victorias”, te has lanzado contra mí, buscando destruir de una sola vez este nuevo recuerdo de tu terrible soledad en medio de quienes no tuvieron la fuerza para conquistarte.

Sin embargo, ya te vas dando cuenta de que, aunque mantenga enfundada mi Espada, no estoy desarmado, ni mucho menos... y los planazos de mi vaina resuenan dolorosamente sobre tu armadura, remeciéndote y dificultándote el mantener tu posición de combate.
Has querido enfrentarme... y yo —ya lo ves— he aceptado tu Reto; pero, mientras tú me atacas con tu Mandoble, intentando probar lo que no eres, yo —con mis planazos— voy, poco a poco, desarmando tu pesada armadura en una forma de lucha que no alcanzas a comprender.

Ya tus brazos están fatigados con el peso de tu propia Espada y tu armadura se ha ido desvencijando hasta exponer parte de tu cuerpo a los golpes que podrían realmente lastimarte... pero yo sigo batiendo únicamente tu armadura, cuidando de no herir tu piel descubierta.
Tu embistes, te enfureces y vuelves a atacar en tu desesperada lucha, mientras yo esquivo y desvío tus golpes, permaneciendo ante ti sin huir ni atacarte realmente, limitándome a darte un buen sacudón en la armadura cada vez que me atacas, para luego esperar y contemplarte.

Iniciaste tu lucha buscando un Paladín que te protegiera, pero ahora —después de tantos fracasos— todo propósito se ha borrado de tu mente... y ya no sabes cómo dejar de luchar.
Sin embargo, está surgiendo en ti un recuerdo que es —a la vez— temor y deseo, ya que estás tomando conciencia de que yo puedo ser aquel que logre derrotarte y —habiendo sido herida tantas veces— no logras comprender por qué espero que tú misma te me rindas en vez de atacar y avasallarte.
Mientras tu acero corta inútilmente el aire, las lágrimas, contenidas durante tanto tiempo, corren —ocultas por tu yelmo— nublando tu visión... y yo continuo frente a ti, esperando.

Lo que espero no es tu siguiente ataque, sino el momento en que —entendiendo contra quien combates y lo absurdo de tu resistencia— arrojes lejos tu Espada y, desatando tus atalajes, dejes caer al suelo esa cruel armadura que tanto te lastima, mostrándote —al fin— en desnuda rendición.
Entonces, podré tomarte del talle, recogiéndote de entre la pesada chatarra a la que te habías atado, y te pondré a mi lado izquierdo, cerca de mi corazón, para sacarte de allí.
Entonces —y sólo entonces— me podrás ver desenvainar la Espada que llevo para protegerte, mientras te estrecho junto a mí. Entonces, recién comprenderás el verdadero sentido de mi forma de lucha contigo... y de mis largas y repetidas esperas.

He venido para llevarte conmigo... pero no como botín de guerra, sino como a una persona muy amada a la que se daba (casi) por perdida y, al fin, se logra rescatar.
Aun con los planazos que me obligas a darte, te voy acercando al Campamento... aunque tú —enfrascada en tu aterrorizada lucha— no logres darte aun cuenta de ello.
Mis planazos —y mis pausas— son para lograr que reacciones y dejes de lastimarte a ti misma... pues mi Lucha es por ti, y, si a veces no lucho —o, si a veces debo sufrir el contenerme y no luchar— todo esto es tan sólo para asegurarme de rescatarte sin hacerte daño.

En cuanto dejes de resistirme, podré, al fin, llevarte al Campamento para que descanses y te repongas del esfuerzo con el que casi lograste dañarte en forma permanente.
Allí —una vez que despiertes de tu afiebrado delirio— lograrás, por fin, volver a ver las cosas en su adecuada perspectiva y recuperarás tu Corazón de Mujer.
Entonces, te pondrás en pie frente a mí sin armas ni armadura, sin nada que te disfrace o encubra, mostrándote tal y como eres, sin avergonzarte de la pureza de tu desnudez.
Te acercarás, confiada, a mí... tus manos se me ofrecerán unidas en un gesto de total Entrega... y yo te recibiré envolviendo con suavidad y cuidado tus manos en las mías para estrecharte y proclamarte por siempre mía.

Y tú verás lo que es un Guerrero...
...y yo veré en ti el Descanso del Guerrero."
( del Blog del Señor Orion)

 
 
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